17-A
I
Me equivoqué en juzgar al tiempo; el aire era caliente y la atmósfera pesada.
Barcelona, inquieta, vestía de agosto.
El tráfico cortado como antónimo a la epifanía, algo así como interrogantes que se posan sobre la carne y erizan el vello. Policía por todas las esquinas y uno adivina el llanto en otros ojos pero da por hecho que el tiempo ha jugado a su favor. El tráfico cortado y policía por todas las esquinas y uno cree que llega tarde.
Encuentro seguridad en mis pasos al cruzar una carretera sin coches. Y también en subir al autobús.
Sentada, escribo:
Llego con el canto de las sirenas, que no llegan a conseguirme. Y me digo que he de seguir escribiendo a pesar de todo, que el hilo que teje la costumbre es frágil.
Lo que sucedió ayer debe ser contado.
Luego todo lo demás:
de repente
la avalancha.
Los gritos.
El pánico en los gritos.
Mis pies estáticos,
mis pies confusos.
La multitud corriendo hacia mí.
Y los gritos.
Y el pánico en los gritos.
La carrera.
Huir
sin saber de qué se huye.
La piel hipersensible.
El tiempo se queda en silencio
y la humanidad también.
Plaça Catalunya algo así
como un pelotón de fusilamiento
esperado el horror
sin saber dónde va a desgarrar la carne.
Un conductor de autobús que en medio del caos intenta mantener la calma.
Un conductor de autobús con gesto estoico, decidido en su batalla por conseguir sacarnos de allí.
Sólo cinco.
Confieso que me marcho sin pensar en todos los que se quedan.
II
De eso último fui consciente sólo cuando dejaron de temblarme las manos:
Los demás.
Los demás que hoy
no son gente
sino personas.
Los demás que quizás
no han vivido
mi suerte.
Y sin embargo en medio de la histeria me hallo pensando en la familia y en los conocidos y en su seguridad y suplicando señales de vida. No hay espacio en la cabeza entre la vorágine de ansiedades.
III
Vuelven a casa los que estaban a salvo, sólo buscando un abrazo.
Vuelven y me arropan y yo consigo dormir.
Despierto con la impotencia hirviendo en el pecho; los nervios todavía tiemblan entre la carne, el corazón se tropieza con cada latido. El impulso es ayudar. Mi condena es que todos parecen haberse adelantado. Y no hay nada ya que estas manos puedan hacer.
Bendita Barcelona.
Por encima del impulso reverbera el eco de un grito: la culpa una soga anudada al cuello dentro de la piel. En todas las noticias el minuto de silencio al que no asisto. La carencia va tejiendo su red. También está en el llanto.
La suerte nunca me había pesado tanto.
El gesto acude a mí, como una suerte de anunciación:
he de regresar para poder pedir perdón.
Vuelvo a caminar sobre Las Ramblas al son de aplausos desmedidos. Aplausos que nacen de repente en unas manos y se extienden igual que ruedan las lágrimas en rostros encendidos.
Vuelvo a caminar sobre Las Ramblas y encuentro un santuario donde consagrar el recuerdo. Aun sin conocer nombres. Aun sin conocer miradas. Ojalá mis palabras un abrazo que pudiese devolverles todos los colores.
Vuelvo a caminar sobre Las Ramblas con un ramo de girasoles, que es lo único justo; girasoles para honrar la memoria porque éstos sólo saben seguir la luz.
Y una vela compartida.
Y en los altares improvisados
un silencio más denso que nunca.
En todas las almas una misa pena,
una ciudad entera de luto.
Entre tanta humanidad
este corazón que aún late
encuentra un poco de paz
en su súplica por la redención.
Por encima de todo
Barcelona hoy una gran familia.
Barcelona hoy una gran familia.
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